Siempre decías que el metro era un gusano de tierra. Un gusano de tierra horrible, de metal, cristal y gente. Dibujabas su cabeza, la gente en su interior y su boca engullendo tierra y asfalto. Engullendo pena, sustrato e historia de éste país al que se le atraganta su nombre en los labios de los suyos y queda colgante, vacilante, entre sus gorgoteos y su verborrea.
Y andábamos los Campos Elíseos, eternos y ruidosos, tu agarrada al brazo en jarra, con mi mano en el bolsillo y tus dedos enredados en los míos. Con tu perfil sudamericano cortando el aire, altivo ante tanta rubia y tanta europea de escote y moño. Llevando la raza en cada paso y el orgullo en la mirada oscura.
Prochaine arrêt Champ de Mars
Se tensa el brazo derecho, se tensa y genera fuerza. La fuerza en la palma de la mano y en la palma de la mano una cabeza tallada en marfil. Y se propaga invisible a través de madera, de fibra, de metal y crujen los engranajes a su paso. Esos cristales rallados tras los que pasa la oscuridad, los cables y los hitos rojos y verdes. Con pasos eternos, pesados, y piernas con rodillas como trampas. Pensar que un día de éstos no me podré agarrar a esas barras manoseadas, que de tanto ser agarradas no agarran. Que esquivan, que resbalan, que invitan con una falsa confianza. Se abren las puertas y entran todos en estampida, como huyendo. Porque todos huyen de la calle y luego huirán del metro y del metro huirán a su casa y, una vez allí, desearán con todas sus fuerzas, de nuevo, huir. Pensar que un día de éstos no podré bajar porque todos ellos me arrastrarán hacia dentro, llevándome a paradas que no conozco, con la noche cayendo y mi miedo añejo recorriendo la piel.
Esperanza
Desde luego refunfuñarías y empezarías a soltar juramentos y demás frases hechas como: "Dios bendito", "Ay, "virgensita" mía qué "crus" de hombre". Pero Esperanza, mis huesos ya no aguantan la humedad del Sena y últimamente riegan por la noche todas las malditas calles por las que paso. Así que no me queda otra que dejarme engullir, resignado, por esa lombriz de tierra de la que me hablabas.
El último escalón es siempre el más duro. Como el último viaje, el último discurso, el último abrazo de un pueblo querido o la última revolución. Nunca podrás - dicen. Y lo subo, como si fuese mi vida en ello.
Avanzan, fotografían, rozan, escupen, discuten, gritan, miran con desasosiego, con curiosidad lasciva, con indiferencia y desapego. Todos esos turistas en tropel empapándose del alrededor, reteniéndolo todo en esas camaritas con pantallas que escupen lo visto por sus pequeñas lentes.
A ti te gustaban los fotógrafos en los parques, cazando parejas enamoradas. Pero nunca fui romántico y en la caída del último vestigio de frialdad varonil te fuiste. Tu y esos fotógrafos de los parques.
Pensar que un día no podré acordarme de la calle de mi Café predilecto. Que la confundiré con las tantas calles que la rodean y la atraviesan. Pensar que un día me perderé y dirán ¡Pauvre vieux! y les miraré a los ojos sin saber qué decir. Atascado el amor propio en la garganta.
- Café con una mijita de leche, por favor.
Sé que el camarero es paisano mío pero nunca me habló en otro idioma que no fuera el francés. Al principio tiraba el café o la taza y le espantaba la clientela de la terraza recitando poemas o himnos a viva voz, tal era mi enojo. Ahora, cosas de la edad, me siento tranquilo y le hablo en un correctísimo castellano, para que no olvide de donde procede, para que nunca olvide sus raíces y su pasado.

1 comentarios:
Cuidado con la tos-seca-de-amor.
Y dirán¡Pauvre vieux! y con motivo:
"Los chicos se tiran siempre de los pelos después de haber jugado. Debe ser algo así. Habría que pensarlo."
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