Recomenzar...

Sigo aqui, en este café, el de siempre, en el boulevard de siempre, con el mismo periódico de siempre. Pido un café al paisano desgraciado, sin darme cuenta de lo increíble que es estar de éste lado y no de aquél. Y , como siempre que interactuo con el exterior, siguen martilleándome las mismas preguntas al servirme el café,¿cómo será la vida de éste pobre infeliz?, ¿qué conjunción de ingredientes se darán cita en este café que me ha servido?, ¿qué extraña sensación se produce en mi interior al percibir como el aire arrastra el humo cálido de esta sustancia?. Otra vez me doy cuenta de que todas las cosas que me rodean, ya sean tangibles o intangibles, están conectadas...el camarero, el café, mis sensaciones al ver a ambos, yo mismo con mis sensaciones. Una vez mas, vuelvo a sentir por un momento un placer inmenso al descubrir esa conexión, pero esta felicidad brutal se ve colapsada de nuevo por la desgastada vuelta a la realidad. ¿Cómo podré asimilar, que aún habiendo un hilo que conduce y manipula fielmente la vida de cada ser humano para con el resto, pueda existir entre nosotros un vacío tan grande?. Y vuelvo a pensar en la muerte, vuelvo a compararla con nuestra distancia ... y una vez mas me doy cuenta de que la única forma de vencer ese vacío tan nuestro, es enfrentarme a él. Siempre al llegar a este punto se produce en mi cabeza una increíble confusión, que me lleva de nuevo a olvidarlo y recomenzar...

Siempre decías...




Siempre decías que el metro era un gusano de tierra. Un gusano de tierra horrible, de metal, cristal y gente. Dibujabas su cabeza, la gente en su interior y su boca engullendo tierra y asfalto. Engullendo pena, sustrato e historia de éste país al que se le atraganta su nombre en los labios de los suyos y queda colgante, vacilante, entre sus gorgoteos y su verborrea.
Y andábamos los Campos Elíseos, eternos y ruidosos, tu agarrada al brazo en jarra, con mi mano en el bolsillo y tus dedos enredados en los míos. Con tu perfil sudamericano cortando el aire, altivo ante tanta rubia y tanta europea de escote y moño. Llevando la raza en cada paso y el orgullo en la mirada oscura.

Prochaine arrêt Champ de Mars

Se tensa el brazo derecho, se tensa y genera fuerza. La fuerza en la palma de la mano y en la palma de la mano una cabeza tallada en marfil. Y se propaga invisible a través de madera, de fibra, de metal y crujen los engranajes a su paso. Esos cristales rallados tras los que pasa la oscuridad, los cables y los hitos rojos y verdes. Con pasos eternos, pesados, y piernas con rodillas como trampas. Pensar que un día de éstos no me podré agarrar a esas barras manoseadas, que de tanto ser agarradas no agarran. Que esquivan, que resbalan, que invitan con una falsa confianza. Se abren las puertas y entran todos en estampida, como huyendo. Porque todos huyen de la calle y luego huirán del metro y del metro huirán a su casa y, una vez allí, desearán con todas sus fuerzas, de nuevo, huir. Pensar que un día de éstos no podré bajar porque todos ellos me arrastrarán hacia dentro, llevándome a paradas que no conozco, con la noche cayendo y mi miedo añejo recorriendo la piel.

Esperanza

Desde luego refunfuñarías y empezarías a soltar juramentos y demás frases hechas como: "Dios bendito", "Ay, "virgensita" mía qué "crus" de hombre". Pero Esperanza, mis huesos ya no aguantan la humedad del Sena y últimamente riegan por la noche todas las malditas calles por las que paso. Así que no me queda otra que dejarme engullir, resignado, por esa lombriz de tierra de la que me hablabas.
El último escalón es siempre el más duro. Como el último viaje, el último discurso, el último abrazo de un pueblo querido o la última revolución. Nunca podrás - dicen. Y lo subo, como si fuese mi vida en ello.
Avanzan, fotografían, rozan, escupen, discuten, gritan, miran con desasosiego, con curiosidad lasciva, con indiferencia y desapego. Todos esos turistas en tropel empapándose del alrededor, reteniéndolo todo en esas camaritas con pantallas que escupen lo visto por sus pequeñas lentes.
A ti te gustaban los fotógrafos en los parques, cazando parejas enamoradas. Pero nunca fui romántico y en la caída del último vestigio de frialdad varonil te fuiste. Tu y esos fotógrafos de los parques.
Pensar que un día no podré acordarme de la calle de mi Café predilecto. Que la confundiré con las tantas calles que la rodean y la atraviesan. Pensar que un día me perderé y dirán ¡Pauvre vieux! y les miraré a los ojos sin saber qué decir. Atascado el amor propio en la garganta.

- Café con una mijita de leche, por favor.

Sé que el camarero es paisano mío pero nunca me habló en otro idioma que no fuera el francés. Al principio tiraba el café o la taza y le espantaba la clientela de la terraza recitando poemas o himnos a viva voz, tal era mi enojo. Ahora, cosas de la edad, me siento tranquilo y le hablo en un correctísimo castellano, para que no olvide de donde procede, para que nunca olvide sus raíces y su pasado.